Por Cristina Meyer
En la sala 307 del CUM, donde se encuentra la Asociación de Psicología, mientras los estudiantes entran y salen, Beberly Zinaí vende una variedad de productos, como los refrescos de cremita, horchata y jamaica hechos por su mamá y ella. Las ventas no han sido fáciles, pero la necesidad la impulsó a buscar una alternativa para costear sus estudios y transporte.
“Todo empezó cuando me quedé sin trabajo”, recuerda Beberly, estudiante de Psicología. “Necesitaba Q70 al día solo para los pasajes a la universidad, así que hablé con mi mamá y decidí empezar a vender en la U”, explicó. Su emprendimiento nació de la urgencia, pero también de su carácter emprendedor, ya que desde pequeña siempre había mostrado interés por las ventas.
El reto del día a día
A lo largo de los últimos cuatro meses, Beberly ha logrado mantenerse vendiendo en la universidad, aunque no ha sido un proceso constante. “No he podido vender todos los días, a veces hay problemas o simplemente las ventas bajan”, comentó. Pero la razón principal para mantener su negocio es clara: cubrir sus gastos diarios de transporte y libros para la carrera.
Según un artículo de The Conversation, el emprendimiento universitario no solo impulsa la creatividad, sino que también motiva a los estudiantes a desarrollar ideas innovadoras en respuesta a desafíos reales. “Los emprendedores en el ámbito académico suelen encontrar soluciones frescas y creativas a problemas que enfrentan en su entorno”, señaló el estudio, destacando cómo los jóvenes, como Beberly, se ven impulsados a buscar alternativas ingeniosas para superar las dificultades cotidianas.
Su ex-representante de salón había permitido que realizarán las ventas en la Asociación. Sin embargo, su plan se vio afectado cuando la nueva Asociación de la universidad prohibió las ventas dentro del salón. “No nos informaron directamente, solo nos dijeron que no podíamos vender dentro del 307 y que habría consecuencias si nos veían hacerlo”, cuenta Beberly con preocupación. La noticia llegó de forma repentina y dejó a varios estudiantes como ella sin una fuente de ingresos.
Una solución difícil
La prohibición afectó las ventas de Beberly, obligándola a detenerse por una semana. Aunque luego decidió volver, lo hizo con precaución, buscando una solución que no la expusiera a sanciones. “Hablé con los licenciados que me imparten clases y les pedí si nos permitían vender en el salón. Estuvieron de acuerdo porque siempre mantengo todo limpio y ordenado”, indicó.
A pesar de esta pequeña victoria, la situación no es ideal. “La Asociación me sugirió pagar uno de los quioscos afuera, con otros estudiantes emprendedores, pero no es algo que pueda permitirme, ya que no gano lo suficiente”, añade Beberly, preocupada por las limitaciones económicas que enfrenta.
Luchando por mi futuro
Aunque los obstáculos son numerosos, Beberly sigue adelante, determinada a continuar con su emprendimiento para cubrir sus gastos. “Siempre he sido aventada y me gusta aprovechar las oportunidades”, dice con orgullo. Para ella, vender no solo es una necesidad económica, sino también una forma de aprender y crecer en un entorno que no siempre facilita las cosas.
Por ahora, Beberly confía en que su capacidad para adaptarse y buscar soluciones le permitirá seguir adelante con sus estudios y su negocio, esperando que pronto las reglas sean más flexibles para aquellos que, como ella, dependen de su emprendimiento para avanzar en su educación.