Por Aldair Marroquin.
El sueño de Glenda Hernández de reunirse con su esposo y su hija mayor en Estados Unidos se convirtió en una pesadilla cuando ella y su hija de 9 años fueron secuestradas en México por un grupo delictivo. Lo que debía ser un viaje hacia un futuro mejor, terminó siendo un mes de miedo y desesperación, encerradas en una pequeña bodega junto con otras personas migrantes durmiendo encima de una sábana sucia y cartones en el suelo.
La represión más fuerte durante el secuestro es que estaban todos bajo una amenaza constante: si alguien escapaba, el grupo delictivo mataría a todos los demás. Era un control absoluto, a diario pasaban lista dos veces, una en la mañana y otra en la tarde, para asegurarse de que nadie faltara. El miedo era permanente, ya que cualquier intento de fuga ponía en riesgo la vida de todos los secuestrados.
El viaje de Glenda Esperanza Hernández Velásquez y su hija de 9 años comenzó el 4 de marzo de 2024. Decidieron emigrar de Guatemala con la esperanza de reunirse con su esposo, quien vive en Estados Unidos desde hace siete años. Guiadas por el primo de su esposo, un coyote que prometió llevarlas a la frontera, ellas estaban emocionadas pero también nerviosas. Habían pactado un costo de 80 mil quetzales, que se pagarían al llegar a su destino.
Al salir de Guatemala abordaron un taxi que las llevó a un lugar conocido como “Gracias a Dios”, en México. A medida que avanzaban, Glenda intentaba mantener la calma mientras su hija miraba a su alrededor, curiosa pero asustada. Al llegar al primer destino, un grupo armado las interceptó. En ese momento, el sueño de una nueva vida se convirtió en una pesadilla.
Según el Informe Especial de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México sobre los casos de secuestro en contra de migrantes, se registraron 3,237 secuestros en el 2019, lo que implica un porcentaje del 4% de guatemaltecos retenidos. Estos casos reflejan la vulnerabilidad que enfrentan los migrantes en su tránsito hacia el norte, expuestos a peligros como el secuestro por parte de grupos delictivos.
Secuestradas junto a otras 55 personas, fueron llevadas a una bodega. El lugar era pequeño, con paredes de bloques, tablas y láminas, condiciones inhumanas. Su alimentación consistía en huevos con frijoles para el desayuno y la cena, mientras que el almuerzo era solo arroz con frijoles, el costo era de 50 pesos por plato. Glenda a veces solo podía comer una vez al día pero a su hija siempre le compraba tres platillos al día.
Un hombre del grupo se enfrentó a huir junto a su esposa, pero el dueño de la casa lo detuvo y lo convenció de quedarse tras la amenaza de muerte. El grupo delictivo con armas largas en mano, imponían miedo y control absoluto. Cualquier acto de desobediencia o intento de fuga podría resultar en una represalia inmediata.
A medida que pasaban los días, la desesperación aumentaba. Glenda trataba de distraer a su hija conversando con otras mujeres sobre sus experiencias. La niña, a veces, le decía que no soportaba más estar allí. Glenda sentía el mismo miedo, pero sabía que debía ser fuerte y consolaba a su hija.
Una tarde en la bodega, un grupo de salvadoreños habló con sus familiares por teléfono. Al enterarse de que estaban secuestrados, el grupo delictivo escuchó la conversación y les quitó a ellos y a todos los demás los teléfonos durante dos días, aumentando el miedo entre los demás prisioneros. La situación se volvió aún más tensa, ya que todos temían las posibles represalias de sus captores.
Solo en el 2023 se registraron 213 mil casos de migración de guatemaltecos que se dirigen hacía Estados Unidos, según el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas (UNDESA).
Después de días de angustia, Glenda temía no volver a ver a su familia. Se comunicaba con su hermana en Guatemala con su teléfono, pero su dinero se agotaba comprando comida. Con el apoyo de su esposo, su hermana hizo un depósito al dueño del lugar para aliviar la situación, aunque las condiciones seguían siendo difíciles.
Una noche antes de su salida, el grupo delictivo informó que llevarían a todos de regreso a Guatemala y que nadie podría viajar al norte, Glenda sintió un alivio mezclado con miedo. Al siguiente día desde muy temprano se subieron a un autobús y durante el trayecto, el miedo y la preocupación continuaba, en el fondo temían que las llevaran a otro lugar o que las separaran.
A principios de abril llegaron a “4 Caminos” en Guatemala. Glenda y su hija tomaron un bus para Huehuetenango, lugar donde vive y allí se encontraría con sus suegros esperándolas. Al bajar del autobús, corrieron a abrazarlos. El reencuentro fue emotivo, lleno de lágrimas de alegría y alivio. Glenda y su hija habían terminado un momento aterrador, pero las cicatrices emocionales aún estaban presentes.
De vuelta en Huehuetenango, Glenda intentó retomar su vida, aunque los recuerdos del secuestro seguían presentes. Su hija hablaba de lo vivido, y Glenda la escuchaba, reafirmando que no volverían a intentarlo. Su esposo, aún en Estados Unidos, les envía remesas y planea regresar a Guatemala para reunirse con ellas.
Muchos migrantes secuestrados no denuncian por miedo a represalias o deportación, quedando sus casos en el olvido. A pesar de los retos, Glenda estaba agradecida por su familia y decidió enfocarse en sanar y buscar un futuro más seguro en Guatemala.