Era un día de febrero que pudo ser como cualquier otro, este como otros días anteriores, estaba marcado por la espera, una espera y continúa por el nacimiento del primer hijo de Marcela Carias, en cuanto el momento ya previsto por los médicos luego, se pudo dirigir a unl hospital de APROFAM.
En el camino el tiempo parecía detenerse, consumido por la premura que llevaba, para llegar al lugar en cuestión, en ese momento su mente estaba en un torbellino de emociones y sensaciones, cada contracción que sentía le recordaba que el momento para el que se había estado preparando por nueve meses había llegado, su corazón retumbaba con la fuerza y la potencia de un tambor dentro de su caja torácica, por culpa del estrés y la emoción de esos momentos.
Semanas y días han pasado en espera para este momento, pero ahora que ha llegado todo se agolpa en su mente en ese momento las noches en vela siendo consumida por dudas y temores, el no saber si llegado el momento y las situaciones que se dan en la vida se estará preparada para eso.
En esos estertores del embarazo todas las sensaciones de temor y a la vez de esperanza se acumulan, en ese momento esa esperanza es como un ancla en medio de la tormenta, las dudas que en ese momento brillan sobre su cabeza es si podrá soportar todo lo que viene a continuación, el dolor principalmente.
También se pregunta por los desafíos que esta nueva vida va a traer, aunque como sea deberá de poder afrontarlos cuando llegue el momento en que cada uno de ellos se haga presente.
Al momento de llegar al hospital para ser atendida pensó que iba ser como en cabria esperar de esa situación, los minutos pasaron y el tiempo se acumulo, sintió cada segundo que pasaba en la espera como si fueran eones de tiempo. Las contracciones se hacían más frecuentes y aún no recibía atención.
La sala de hospital fungía no como un refugio, sino casi como una prisión; respiraba con dificultad por el dolor, buscaba tener algún consuelo pero sentía como si la espera lentamente la estuviese asfixiando.
La desesperación que sentía era profunda, el tiempo corría y nada pasaba aún, el miedo solo sabía aumentar de manera directamente proporcional al tiempo que no se detenía. Cada minuto que el reloj marcaba solo se podía preguntar cuando le iban a atender, pero su sorpresa fue mayúscula, cuando en lugar de ser recibida y atendida únicamente fue devuelta a su hogar con el dicho de que aún no era el momento.
Una vez que regresó a casa el dolor no dio tregua, hasta que sintió un silencio total por parte del niño , entonces preocupada por esto decidió regresar, esta vez con un miedo y una incertidumbre superior incluso a la de la primera vez, cuando ingresó otra vez al día siguiente.
Para su buena fortuna esa vez sí fue atendida de manera pronta, y logró tener a su bebe con dificultad, sería un gusto poder decir que la historia acaba aquí de un modo feliz, pero esto solo fue principio de nuevas preocupaciones y problemas, puesto que cuando el bebe nació no lloraba ni emite ningun sonido, con algo de esfuerzo fue reanimado, al cabo del tiempo usual fue devuelto a su madre.
Pero el niño no paraba de llorar y estuvo meses en los cuales tenía fiebre y no podía estar ningún día sin acetaminofén, ya con el cansancio colmado con ese hospital fue ha otro en el cual le revelaron un hecho escalofriante, el niño había tenido una hemorragia cerebral, ya había sanado, pero eso había sido la causa de su condición.
Hoy ya el tiempo ha pasado y el niño está en buenas condiciones con su madres, sin ninguna secuela grave que se pueda apreciar por culpa de este cúmulo de irresponsabilidades, pero esta historia queda como un recuerdo macabro de las deficiencias que se pueden hallar en el sector salud, aún del privado, en este país.
Por Alejandro Romero