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Title: Ligia Lima: El Alma del Organillo en Guatemala
Author: Cristina Meyer
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  Por Fabrizio Hernández En medio de la ciudad, entre los transeúntes y ruidos del entorno, se escucha música proveniente del pasado, pareci...

 


Por Fabrizio Hernández


En medio de la ciudad, entre los transeúntes y ruidos del entorno, se escucha música proveniente del pasado, pareciera que no se vive en pleno siglo XXI. 


Ligia Lima lleva más de 14 años dedicada a revivir una tradición musical que parecía haber desaparecido de las calles de Guatemala: el organillo. Cada fin de semana, su presencia en la Sexta Avenida, Zona 1, se convierte en un espectáculo. Con el organillo a cuestas, Ligia no solo toca música, sino que transforma la experiencia urbana, conectando a los transeúntes con un pasado casi olvidado.




“Es un arte para mí”, dijo Ligia con orgullo. El organillo, un instrumento de origen alemán que data de los años 1500, era en su tiempo exclusivo de la realeza. En ese entonces, solo los nobles podían disfrutar de sus melodías. Sin embargo, en el siglo XIX, el organillo salió a las calles, acercándose al público común. Guatemala disfrutó de este sonido hasta que, en 1960, dejó de ser escuchado. En 2010, gracias a Ligia, el organillo volvió a sonar en las calles del país.


Ligia Lima lo define como una reliquia. El proceso de fabricación de un organillo es complejo, requiere la dedicación de varios meses de trabajo artesanal. German Rodríguez, un destacado artesano guatemalteco, se ha encargado de preservar esta tradición y es quien fabrica estos instrumentos. “Es una mini orquesta”, explicó Ligia, al describir la capacidad del organillo para interpretar múltiples melodías. No es un instrumento fácil de tocar; se necesita destreza, buen oído y una actitud particular para interpretarlo correctamente.







Un legado musical


Desde joven, Ligia siempre estuvo vinculada con la música. Su afición la llevó a soñar con escenarios donde compartir sus talentos, pero fue hasta el 2010 que su relación con el organillo comenzó. Desde entonces, ha tocado en sitios emblemáticos como el Palacio Nacional de Guatemala, en teatros y embajadas. En sus 14 años de trabajo, ha convivido con figuras políticas y personalidades importantes del país, aunque Ligia afirma que lo que más le llena es el reconocimiento de las personas comunes en la calle.


“Sin querer, me hice famosa”, comentó con modestia, refiriéndose a cómo su imagen se ha vuelto conocida en las redes sociales, donde muchas personas la reconocen y la llaman “maestra Ligia” o simplemente “la organillera”. Aunque la fama no fue buscada, para ella es el resultado de años de dedicación a este arte.


No todo ha sido fácil. Desde el inicio de su carrera como organillera, ha enfrentado prejuicios y críticas. Ligia recuerda con claridad las primeras reacciones que recibió. “Dos personas me dijeron pordiosera”, comentó, refiriéndose al estigma que muchas veces rodea a los artistas callejeros. A pesar de estos comentarios, no dejó que la desmotivaran. Su pasión por la música y su dedicación al organillo la mantuvieron firme. “El problema es el que dirán”, reconoció, refiriéndose a las percepciones erróneas que algunos tienen de su trabajo. Para muchas personas, tocar en la calle se asocia con la mendicidad, lo que no refleja el verdadero valor de su arte.












El organillo como patrimonio

El regreso del organillo a las calles de Guatemala en 2010 marcó un renacimiento cultural. Este instrumento, que había sido parte de serenatas, iglesias y festividades en el pasado, encontró nuevamente un lugar en la vida de los guatemaltecos. Sin embargo, en los primeros años, Ligia tuvo que enfrentar la indiferencia y, a veces, el desprecio de algunos sectores de la población.

“Cesar Saso, un músico con el que he trabajado, me dijo una vez: yo no podría hacer lo que usted hace, usted toca sola, frente a la multitud, y yo necesito estar con otros músicos, admiro su valor", recordó Ligia. Este comentario resume la fortaleza que se necesita para tocar el organillo en las calles, donde los aplausos son menos frecuentes que en los teatros, pero donde las conexiones emocionales son mucho más profundas.

El organillo ha sido documentado como una pieza clave en la vida cultural de varios países, incluido México, donde la tradición del organillero aún permanece viva . En Guatemala, esta tradición comenzó a desvanecerse, pero Ligia ha sido parte de su resurgimiento. Históricamente, estos instrumentos eran utilizados no solo para amenizar las calles, sino también en ceremonias religiosas y eventos importantes.

Las dificultades de una organillera

A pesar de los éxitos, Ligia enfrenta numerosos desafíos en su día a día. Uno de los principales problemas es la percepción errónea que algunos tienen sobre su trabajo. Muchas personas la ven como una mendiga debido a la tradición de dar una moneda al organillero para que el instrumento continúe sonando. Esta costumbre, que tiene siglos de antigüedad, se ha malinterpretado en tiempos modernos. “El funcionamiento de este es que el monito pedía una moneda para que el organillo funcionara, de no dársela, este jalaba la ropa”, explicó Ligia, rememorando la tradición.

Además, la competencia por la atención del público ha crecido con la presencia de otros artistas y, en algunos casos, inmigrantes que también buscan espacio en las calles para mostrar sus talentos. “El trabajo se ve afectado por los inmigrantes, les dan más atención a ellos en lugar de a uno que es artista”, mencionó Ligia con cierta frustración, reconociendo que la situación económica y social también influye en su labor.

Pero Ligia no se rinde. A pesar de las dificultades, continúa tocando con la esperanza de que el organillo siga ganando un lugar importante en la cultura guatemalteca. “Mi trabajo es una motivación”, dijo con una sonrisa. Para ella, el organillo es mucho más que un instrumento; es una forma de vida, una conexión con las personas y un legado que espera dejar para las futuras generaciones.

Ligia ha hecho de la calle su escenario principal. “La calle es mi escenario”, repitió con orgullo, resaltando el papel que este espacio tiene en su vida. Cada vez que toca, sus vestimentas cambian, adaptándose al lugar y al público, pero su esencia siempre es la misma. Para ella, tocar el organillo es un acto de entrega. No lo hace por fama ni por fortuna, sino por el amor a la música y al legado que quiere dejar en su tierra; Guatemala.

Ligia Lima representa a miles de artistas callejeros que, a pesar de las dificultades, siguen haciendo lo que aman. Para ella, el organillo no es solo un instrumento; es un símbolo de resistencia, tradición y esperanza.


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