Por: Lesly Morales
Tomás López se levantó al amanecer, como lo hace desde que volvió a su tierra. Su comunidad en el altiplano guatemalteco despertaba lentamente, entre el frío y la neblina que cubrían las montañas. Cada paso en la tierra seca, lo alejaba de los sueños que lo habían empujado a abandonar su hogar cinco meses atrás, cuando decidió emprender el largo camino hacia Estados Unidos en busca de un futuro mejor. Hoy, de vuelta en su humilde casa de paredes agrietadas, el sonido del gallo y el olor a leña quemándose para el desayuno marcan el comienzo de otro día sin oportunidades claras, sin el sueño americano.
El sueño que se rompe
Hace solo un año, Tomás vendió su pequeño terreno, ahorró lo poco que tenía y pidió prestado a familiares y amigos para pagar a un coyote que prometió llevarlo a cruzar la frontera. Su esposa, María, le había insistido que no fuera, que no arriesgara su vida, pero él estaba decidido: “No quiero que mis hijos pasen hambre. No quiero que crezcan como yo, con solo la esperanza de que las cosas mejoren”. Pero la esperanza fue lo primero que se rompió.
El viaje no fue como lo había imaginado. A medida que se adentraba más en México, las promesas del coyote se desvanecían. “Nos dejaron a nuestra suerte”, recuerda Tomás. “Caminamos durante días, sin agua, sin comida”. A menos de 50 kilómetros de la frontera, fueron detenidos por la patrulla fronteriza. La espera, el encierro en un centro de detención, y finalmente, la deportación a Guatemala.
Un regreso silencioso
Tomás no regresó como lo había soñado. No había dinero para construir una casa más grande ni para enviar a sus hijos a la escuela. En lugar de eso, regresó con una mochila vacía, con el peso del fracaso sobre sus hombros. Su familia lo recibió con abrazos, pero el silencio hablaba más que las palabras. Nadie preguntó cómo había sido su experiencia. Nadie mencionó la posibilidad de un segundo intento. El pueblo, donde antes era considerado un valiente por irse, ahora lo miraba con lástima.
“Lo más difícil fue enfrentar a la gente”, admite. “Todos me miraban como si hubiera hecho algo mal, como si no fuera lo suficientemente fuerte o valiente para lograrlo”.
Hoy, Tomás pasa sus días trabajando en lo que encuentra. A veces ayuda a un vecino con su cosecha, otras veces corta leña para venderla en el mercado. El dinero no es suficiente. El terreno que vendió ya no está, y él sabe que, sin ella, la vida en el campo es aún más dura. “Es difícil empezar de nuevo”, confiesa. “Pero no tengo otra opción”.
Lo que más le duele a Tomás es que su sacrificio no haya valido la pena. “Pensé que al menos podría enviar algo de dinero para mis hijos, pero ahora ni siquiera puedo sostenerme a mí mismo”. La frustración se mezcla con la resignación. Cada mañana, cuando sale a buscar trabajo, el eco de sus pasos en las calles le recuerda que el sueño que lo hizo partir se quedó del otro lado de la frontera.
La historia de Tomás es solo una entre miles. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), más de 50,000 guatemaltecos fueron deportados de Estados Unidos y México en el último año. Muchos, como Tomás, regresan a comunidades que carecen de oportunidades. La tierra que una vez abandonaron los recibe sin preguntas, pero también sin respuestas. “Aquí no hay futuro”, dice Tomás, mientras mira hacia las montañas que encierran su aldea. “Algunos volverán a intentarlo, yo no sé si tendré fuerzas”.
A su alrededor, las calles permanecen casi vacías. Algunos jóvenes del pueblo hablan en voz baja sobre sus propios planes para irse, a pesar de los peligros que Tomás y otros deportados conocen de primera mano. “Uno nunca deja de soñar”, dice con amargura.
Mientras tanto, Tomás sigue buscando una forma de reconstruir su vida. No solo necesita dinero, sino también un propósito, una razón para seguir adelante. Ha considerado abrir un pequeño negocio en el mercado local, vendiendo leña o productos agrícolas, pero sin capital inicial, las ideas se quedan en el aire. “Aquí todo cuesta, hasta los sueños”, dice.
La vida para los migrantes deportados no es solo regresar al punto de partida, sino enfrentarse a una versión más difícil de lo que dejaron atrás. Sin tierra, sin empleo y con las expectativas rotas, Tomás sigue adelante, a pesar de que las montañas a su alrededor parecen más altas y las posibilidades más lejanas.
“Voy a seguir luchando”, asegura, aunque su voz suena cansada. “Es lo único que puedo hacer”.
Un futuro incierto
Para Tomás y muchos otros, el futuro sigue siendo incierto. Algunos volverán a intentarlo, desafiando nuevamente la frontera y los peligros que esta conlleva. Otros, como Tomás, deberán encontrar una manera de sobrevivir en una tierra que nunca les ofreció mucho, pero que ahora se siente aún más ajena. La historia de estos migrantes es una de lucha, fracaso y fortaleza. Pero, sobre todo, es una historia que sigue escribiéndose día a día, en silencio, lejos de las cámaras y los titulares.
Mientras el sol se pone sobre las montañas del altiplano, Tomás se prepara para otro día. Otro intento de avanzar, sabiendo que el camino es largo y las esperanzas son pocas, pero que la vida sigue, aunque el sueño americano se haya quedado del otro lado de la frontera.