Por Cristhian Lucero
En la aldea Asunción Chivoc, de San Juan Sacatepéquez, la vida de Don Alfonso Iquic Guamuch, de 49 años, cambió para siempre una noche entre julio y agosto de 2016. Mientras cumplía su turno como guardia de seguridad en una abarrotería, la violencia de la que tantos guatemaltecos son víctimas lo alcanzó brutalmente. Esa noche, unos delincuentes lanzaron un químico bajo la puerta que lo dejó inconsciente. Al despertar, en medio de la confusión, trató de defenderse con un cuchillo, pero fue atacado violentamente. Los criminales le lesionaron los ojos, dejándolo ciego, y también le dañaron una pierna, lo que le impide caminar sin dificultad hasta hoy.
"Es como vivir en una constante oscuridad, como si siempre fuera de noche", comenta Don Alfonso, con una voz suave pero firme, mientras describe lo que ha sido su vida desde aquel ataque. En su rostro, ya no hay espacio para lágrimas, solo una expresión de lucha y aceptación. Su historia refleja la realidad de miles de guatemaltecos, víctimas de una violencia que no solo cobra vidas, sino también destruye familias y futuros.
El impacto en su vida ha sido devastador. Don Alfonso, padre de nueve hijos, tiene a siete de ellos bajo su responsabilidad. “Lo más duro de todo es no poder llevarles comida a mis hijos”, confiesa con una mezcla de dolor y resignación. Ver la alegría en sus rostros cuando pueden comer es lo único que le da fuerzas para seguir. Pero esa alegría se ha vuelto cada vez más escasa. Su situación económica es desesperante; no puede trabajar y, con los escasos recursos que logra reunir, apenas alcanza para un plato de comida al día.
"Mi hija de ocho años es quien me guía. No puedo caminar solo. Ella me lleva desde temprano al casco urbano de San Juan Sacatepéquez, donde paso horas pidiendo ayuda", relata Don Alfonso, evidenciando la crudeza de su día a día. Para sobrevivir, depende de la caridad de las personas. No importa la cantidad, incluso dos quetzales pueden significar un plato de comida en su hogar.
Su testimonio no solo es una muestra del impacto de la violencia, sino también de la ausencia de un sistema de apoyo adecuado para las víctimas. Después de haber sido brutalmente agredido, no ha recibido ninguna indemnización ni ayuda del Estado. Los delincuentes que lo dejaron ciego siguen siendo una sombra en su memoria, sin que la justicia haya hecho mucho para detenerlos.
La vida de Don Alfonso es una lucha constante. Con una placa de metal en la pierna que va desde la rodilla hasta la cadera, y sin poder ver, no solo enfrenta el desafío físico, sino también el emocional. "Me duele profundamente no poder trabajar para mis hijos. Como padre, es devastador", expresa con voz quebrada, pero con la firmeza de alguien que, pese a las adversidades, no se rinde.
A pesar de su situación, Don Alfonso mantiene la esperanza y la fe en la solidaridad de su comunidad. En cada entrevista, hace un llamado al pueblo de San Juan Sacatepéquez y a todos los que puedan escuchar su historia, pidiendo cualquier tipo de ayuda. "Aunque sea un quetzal, víveres, lo que puedan, todo es bienvenido", repite con humildad. Su pedido no es solo una súplica por ayuda económica, sino un llamado a la humanidad, a no ser indiferentes ante el sufrimiento de los demás.
La historia de Don Alfonso es solo una de las miles que existen en Guatemala, donde la violencia sigue marcando las vidas de sus ciudadanos de maneras indescriptibles. Él, un padre que lo ha perdido todo menos su dignidad, lucha cada día por llevar algo a la mesa para sus hijos. En medio de la oscuridad que ahora lo rodea, Don Alfonso se niega a perder la luz de la esperanza.
Quien quiera comunicarse con don Alfonso para otorgarle ayuda, puede ubicarlo en la sexta avenida, entre sexta y séptima calle de San Juan Sacatepéquez, Guatemala, o comunicarse al número de teléfono: 4876-9143.