Esta historia fue contada por Érika Castellanos y transcrita por Jimena Mancilla
Según la Sociedad
Americana contra el Cáncer, el cáncer de mama representa el 12,5 % de
todos los casos nuevos por año en todo el mundo, por lo que es el tipo de
cáncer más común a nivel mundial. Desde que se lo diagnosticaron a mi abuela, supe
que mis días iban a cambiar por completo y que mi familia nunca volvería a ser
la misma.
Los primeros
años de mi infancia, los recuerdo a su lado. Todas las tardes, después del
colegio, mis hermanos y yo nos dirigíamos a su casa para almorzar y hacer los
deberes. Su nombre era Elizabeth Aguilar, pero como no le gustaba que le
dijeran abuela, le decíamos “Betty”.
Fueron unos
simples lunares alrededor de sus pechos los que dieron aviso de su enfermedad. De
un momento a otro, empezaron a causarle dolor, picazón e incomodidad; algo que
nunca antes había sentido. Recuerdo las palabras exactas que le decía a mi
mamá: “algo en mi corazón me dice que no es normal, que hay algo más”.
Tras realizarse varios
exámenes e ir con distintos tipos de especialistas, finalmente encontraron un
tumor maligno en su pecho izquierdo. Yo era muy pequeña en ese entonces, así
que no entendía del todo lo que eso significaba. Mi abuela no parecía afectada;
en realidad, ella era la que tranquilizaba a mi mamá y a mis tíos diciéndoles
que lo habían detectado a tiempo.
Así fue como empezó
un proceso lento y desagradable, en el que vi perder a mi abuela su cabello y
uno de sus pechos. Sé que eso la destrozó, pero ella siguió siendo una persona feliz
y activa. Cumplía con sus citas médicas y nunca requirió de alguien más para
asistir a sus quimioterapias y radioterapias. Yo observaba que llevaba una vida
normal, a pesar de las operaciones y del dolor físico que mantenía.
La Liga Nacional
contra el Cáncer, establece que la incidencia de casos nuevos en Guatemala es
de 11.9 por cada mil mujeres, mientras que la prevalencia en quienes lo padecen
es de 48.9 por cada mil mujeres.
La edad media en
el momento del diagnóstico es de 62 años, lo que indica que la mitad de las
mujeres son diagnosticadas antes de esa edad y la otra mitad después. Esto es poco
común en mujeres jóvenes, pues solo uno de cada ocho casos invasivos se registra
en mujeres menores de 45 años, mientras que dos de cada tres cánceres de mama
invasivos se detectan en mujeres de 55 años o más.
Durante aproximadamente dos años, pudimos desarrollar una vida “estable”, tanto en términos económicos como emocionales. Disfrutamos de varios momentos juntos, sin saber que esa tranquilidad pronto se vería interrumpida. En una de las consultas que mi abuela tenía programadas, el doctor requirió la presencia de dos familiares.
Mis tíos fueron
las personas elegidas para acompañarla. Cuando regresaron, un profundo silencio
invadió toda la casa. Sus caras reflejaban sentimientos que ni siquiera puedo
explicar con palabras; sabía que algo muy malo pasaba. Resulta que el cáncer se
había esparcido hacia otras partes de su cuerpo, cubriendo por completo sus
pulmones.
En cuestión de
días, los gastos médicos comenzaron a aumentar de manera considerable. Mi
abuela, que hasta entonces se había manejado con cierta independencia, comenzó
a perder movilidad. La tos se volvió constante, casi incontrolable, y sus
piernas dejaron de responderle. Su salud se deterioraba rápidamente, y con
ello, nuestro mundo también se desmoronaba.
Mi mamá y mis
tíos empezaron a discutir con frecuencia, ya que ninguno ganaba lo suficiente
para cubrir todos los costos, y nadie tenía el tiempo necesario para cuidarla
como requería. Cada decisión parecía una carga imposible de repartir, y la
presión terminó por fracturar la relación entre ellos.
Siento que en
algún momento dejaron de darle prioridad a su salud y solo se concentraron en
pelear. Se creó un ambiente de tensión tan fuerte, que mi abuela tomó la
decisión de abandonar su tratamiento. Como era de esperarse, eso solo aceleró
su deterioro.
Mi abuela se fue
al cielo el 8 de noviembre de 2014, a los 67 años. Ese día, una parte de mí
también murió para siempre. Tenía apenas 12 años, pero recuerdo con claridad
cada detalle de lo que vivimos. Mi tía llamó a la casa de mis padres a primera
hora de la mañana, para avisar que se había desmayado y que la habían trasladado
de emergencia al hospital Roosevelt en una ambulancia.
No puedo borrar
de mi mente la forma en la que todos corrimos a alistarnos para salir directo a
donde se encontraba. Nadie habló durante el camino; era imposible pensar en algo.
Justo cuando nos estábamos parqueando, vi cómo mi tía salía por una puerta de
rejas, con las manos en la cara y lágrimas en los ojos. Empezó a hacer
diferentes signos de negación hasta que lo entendimos: ya no estaba con nosotros.
Después de eso,
el tiempo transcurrió sin darnos cuenta. Se hicieron los trámites del hospital,
del ataúd, del cementerio, y de pronto, ya estábamos en el velorio. El lugar
estaba lleno de personas que le tenían un profundo cariño a mi abuela.
Observaba cómo hablaban y lloraban entre ellas, pero nadie parecía notar el
dolor que yo sentía. Me decían cosas como: “Es que tú no lograste convivir
tanto con ella”, y eso me partía el corazón.
Los últimos
datos publicados en 2022 por la Organización Mundial de la Salud (OMS), indican
que las muertes causadas por cáncer de mama en Guatemala alcanzan las 495, es
decir, el 0.57% de todas las muertes. La tasa de mortalidad por edad es de 7,97
por 100,000 de población, lo que hace que el país ocupe el lugar número 176 en
el mundo.
Si bien los
registros hospitalarios muestran que dicha tasa de mortalidad ha disminuido con
el paso de los años, el Instituto Nacional de Cancerología (INCAN), sugiere que
el número de mujeres y hombres que muere aumenta cada año y continuará haciéndolo
a medida que envejece la población.
Cada 13 minutos,
una mujer muere por cáncer de mama. Con la muerte de mi abuela, las risas, los
abrazos cálidos y los paseos por el parque, se esfumaron para siempre. Las
tardes en las que compartíamos un chocobanano, su comida y las navidades, ahora
solo son recuerdos que duelen. Nunca volví a ver a mis tíos y ya ni siquiera recuerdo
cómo era su voz. La vida, en cierto modo, dejó de tener sentido para mí.